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«La memoria no guarda películas, guarda fotografías». Milan Kundera

Podemos hablar del trabajo de Martín Carrasco como lo hacemos análogamente al contemplar viejas fotografías familiares. El fotógrafo se disfraza de invisible para retratar los episodios estéticos de nuestro devenir, haciéndose parte de él inexorablemente. Al abrir ese álbum o libro de recuerdos, también está el, como una mácula en la memoria, como la sombra o el fantasma que escogió ese encuadre para traerlo al mundo físico. Pues como un pintor que se arma de colores, Carrasco utiliza la luz para traer a la vida su particular visión de mundo; impregnándola de manera infinita como imagen latente.

En este punto el artista se aleja de su condición de mero ejecutante, ya que ha decidido capturar el amor a través del lente, en toda la amplitud semántica de su acción. Carrasco se involucra de manera cinematográfica en el momento íntimo; silencioso pero omnipresente, robándole esos instantes únicos a la intimidad existencial. Arma en su cabeza la puesta en escena, para luego elegir emotivamente la escala de planos que narrarán su historia.

Todo en su obra es meticulosamente calculado, sentido desde las vísceras para traer al mundo una imagen orgánica, plena de sentido.
Arraigado en Chile por razones que desconocemos, este talentoso artista de escuela rusa ha sabido trabajar el lenguaje plástico a partir de pulsiones generadas desde una posición voyeur. Fascinado por los movimientos que generan sentimientos y quedan capturados finalmente en la fotografía. Pues como dice Roland Barthes, la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente.

 

Diego Lolic  Wainstein
Escritor.
Verano de 2014.

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